Aemilia Alba
18 años
Soy una bastarda. Jamás fue un secreto para nadie, ni siquiera para mi. Mi madre fue una de las esclavas galas que Titus Albus (mi padre, al que jamás he llamado así) tenía en las cocinas de su taberna y hogar en Roma y jamás significó nada para él que no fuese un sinónimo de servidumbre.
Nací y crecí en el mismo dormitorio que servía de lugar de mínimo descanso a las demás esclavas como mi madre y fue una suerte que no nos hubiesen lanzado a la calle en cualquier momento. Ella murió cuando yo tenía cuatro años y la vieja cocinera Ava cuidó de mi en medida de lo posible. Pero siempre he pensado que desde entonces estuve sola, como criada por los lobos.
Crecí andando entre soldados, comerciantes y los mequetrefes habituales de la taberna de Albus, escondiéndome tras las piernas de las esclavas o bajo las mesas, acostumbrándome a una existencia invisible hasta que mi presencia captó la atención de Albus. Mi padre.
Quizás fue la suerte, o quizás la mirada de animalillo desamparado de la que no pude deshacerme hasta hace poco lo que conmovió a Titus Albus, quien me dio su apellido y algo parecido a un lugar en su familia. Llevo su sangre, y aunque nadie se enorgullece de ello, Albus no se siente particularmente avergonzado. Incluso le agrada querer tener una hija de vez en cuando. Incluso me ha hecho regalos.
Le agrada que le sirva y que a su vez pueda exigir que me respeten. Sabe que tiento a los hombres que frecuentan su local, y que tendría derecho a matarlos si acaso me tocan. Lo he notado; no es que se preocupe mucho por mi, es que le otorga cierto poder. Después de ayudar a limpiar el traspatio y hacer toda clase de cosas mientras crecía, empecé a atender las mesas e incluso a cantar en la taberna cuando alguien me lo pide.
Tengo hermanos que no me dirigen la palabra, sólo remiendo sus ropas y aseo sus habitaciones, de las que siempre, según ellos, me robo algo. He tenido dos amantes, y aunque he sido discreta al respecto, sería la última cosa que le quitaría el sueño a Albus, pues jamás podría buscarme un buen matrimonio, su apellido en mi no significa nada; no soy ninguna ramera, jamás les he cobrado nada, ni han pensado en pagarme, quizás por miedo a Albus. Sí, es mi padre y vivo bajo su techo, pero estoy sola, como siempre ha sido.
Le agradezco no ser esclava de nadie, salvo de mi propia condición. Dice que me parezco a mi madre, pero estoy casi segura de que ni siquiera la recuerda bien. No soy ninguna ingénua, y entiendo de algunas cosas. Entiendo que a pesar de que son ellos quienes cargan las espadas y pueden romperme el cuello sin esfuerzo, puedo dominarlos con una sonrisa, con una mirada esquiva. Todos tienen un precio, todos pueden ser domados.